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Editorial: Que la fe mueva nuestra Semana Santa


09:49 am 08-abril

Hace un poco más de dos años, en septiembre de 2017, el pueblo católico colombiano recibía con devoción al Papa Francisco. Visitó varias ciudades y en todas logró aglomeraciones multitudinarias que no sólo revalidaron la fe de muchos, sino que demostraron la fuerza que sigue teniendo el catolicismo en un país con más del 83% de matriculados en esa feligresía.

Desde tiempos inmemorables, la Semana Santa se convirtió en la época de mayor congregación en pueblos y ciudades de Colombia. Hace algunos años tuvo un ingrediente particular: la gente no sólo acudía a los rituales propios de la Semana Mayor, sino que esta se convirtió en uno de los puentes más largos del año, aprovechado también para descansar y salir a pasear a diferentes lugares. No obstante, la Iglesia Católica siempre logró masivas concentraciones en sus templos y centros de adoración.

Al respecto tenemos que decir que Popayán, que es una ciudad católica por excelencia, por estos días tendría que estar engalanada recibiendo miles de turistas nacionales y extranjeros que vienen a vivir la solemnidad de unas procesiones consideradas patrimonio histórico del mundo. Sin embargo, la pandemia cortó esta hermosa tradición católica por la que además gira la economía local de la llamada Ciudad Blanca.

Hoy las realidades son otras. Radicalmente distintas. Como nunca se imaginó ni la misma jerarquía católica, el propio Domingo de Ramos estuvo caracterizado por iglesias desoladas, sin público y transmitidas por plataformas digitales; una modalidad de la que poco se había ocupado ni siquiera la propia Conferencia Episcopal. Pero la fe mueve montañas y millones de seguidores en el mundo pudieron seguir a Francisco quien revalidó aquello que hasta sus detractores le reconocen: Que es uno de los mejores comunicadores del planeta.

La pandemia del Coronavirus desnudó la gigantesca brecha económica y social que tiene un país como Colombia. Dejó al descubierto que más de la mitad de aquellos que el Dane mide como personas con empleo están en la informalidad y viven del día a día, algo que el Covid-19 les arrebató de un tajo. Tal vez para muchos eran invisibles, pero ahí estaba el señor del aguacate con su carretilla recorriendo calles y gritando, buscando desesperadamente clientes porque se le hacía la tarde para llegar con lo de comer al otro día. El virus lo confinó en su casa sin ninguna posibilidad de salir a “guerrear”.

La Semana Santa será distinta en cuanto a aglomeraciones, pero no debe ser distinta en la devoción y en los principios supremos de la fe católica. Los que enseñó Cristo: La solidaridad, el respeto, la ayuda al desvalido, el aporte desprendido, no dar lo que sobra, más bien compartir. Ahí está la verdadera fe. Ahí está el “ser y parecer”.

Hoy cuando las autoridades terrenales nos llaman a quedarnos en casa, en familia, la creencia divina nos pide reflexionar y pensar en los que nada tienen, aquellos que esperan mucho de los que más tienen y están en condiciones de compartir sin que les haga falta.

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