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Horología | El Nuevo Liberal


10:06 am 29-junio

MARCO ANTONIO VALENCIA

valenciacalle@yahoo.com

Hace un par de años fui a tomarme unas cervezas a Macondo, un sitio que me gusta mucho. Era jueves y la noche transcurría como lo tenía previsto hasta que la presencia de una turista rusa perturbó el lugar con su belleza y se me tiró el plan de beber y escuchar música hasta perder el control de mis sentidos. Nos presentamos, nos tomamos algunos tragos, comimos y nos fuimos a vivir juntos. Nuestro primer año de convivencia fue bueno porque yo le enseñaba expresiones del español y ella del ruso; actividad más que suficiente para tenernos ocupados.

–Mi vida es aburrida –le dije la noche que nos conocimos–, soy escritor, no hago más que sudar nalga sentado en una silla todo el día, todos los días de mi vida y ya. Ella se rio de buena gana y me dijo mentiroso. Eres más viajero y más interesante que cualquiera porque por tu cabeza pasa lo posible y lo imposible. Nos reímos y celebramos por eso. Cada noche, en la oscuridad de nuestro cuarto, cuando ya nos disponíamos a dormir, me pedía que le inventara un cuento. Ella me daba una palabra y yo tenía que inventarle una historia allí, en caliente; a veces, los fines de semana, amanecíamos discutiendo los pormenores de la invención, detalles de la vida de los personajes, descripciones más perfectas, atmosferas más creíbles, personajes más intensos. Era estimulante. Y por eso, el tipo de mujer que necesitaba como escritor.

–Mi vida en cambio–, me dijo ella la noche que nos conocimos–, puede sonar una cosa aburrida. Me dedico a la relojería. Cuido, arreglo, vendo y compro artículos de relojería en cualquier parte del mundo. Soy como dicen, una mujer del tiempo, del cucú, de la horología, ese arte milenario de medir el tiempo.

Se había especializado en coleccionar momentos claves en la vida de la gente, o sencillamente, a resaltar cosas, frases o situaciones observadas a través del prisma del tiempo. Pero más allá, le fascinaba hurgar en la historia para buscar el momento exacto en el que la gente se determinaba hacer con su vida algo extraordinario.

–El tic tic tic de un reloj es el resultado de la vibración del átomo de Cesio –me enseñó–, pero antes de eso, el tiempo se medía por el sol, el agua, los relojes de arena y los cronómetros. Hoy, el tiempo es un asunto social del hombre que se mide y observa desde el presente. El antes es el pasado, que no existe y podemos recordar; el después será el futuro donde ocurrirán los efectos pero todavía tampoco existe; por lo tanto, el mundo solo existe en el aquí y el ahora, lo demás es cuento.

Pue bien, mi amada rubia de ojos azules, de cuerpo de gimnasta y acento extraño ya no está conmigo. Nuestro tiempo acabó, existimos en el recuerdo, mi presente es otra historia, o mejor, otro cuento.

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